La falacia de la burbuja de la IA o el nuevo feudalismo digital
Este artículo ha sido escrito por Esteve Graells
Esteve Graells
Esteve Graells es Director de IA y Datos en Novartis CEP (Customer Engagement Platforms) y especialista en Inteligencia Artificial aplicada a plataformas empresariales. Con más de 20 años de experiencia, formación académica avanzada en Machine Learning y Deep Learning, y trayectoria en IBM y Salesforce, combina el rigor científico con la implementación real de soluciones de IA en entornos grandes y regulados.
Últimamente, cualquier blog, canal de YouTube y otros espacios digitales giran en torno a un tema recurrente: la burbuja de la inteligencia artificial (IA).
Las cifras astronómicas de inversión, la revalorización casi milagrosa de determinadas compañías de tarjetas gráficas, memorias para servidores y la euforia desmesurada por cualquier producto que lleve el apellido “IA” han encendido todas las alarmas. Muchos analistas, con la cicatriz aún reciente de la crisis del dot-com del año 2000, advierten que el castillo de naipes podría derrumbarse en cualquier momento.
Ante este escenario, quiero ser muy claro: la burbuja no me preocupa. De hecho, considero que cuanto más se invierta, más rápido avanzaremos hacia la resolución de problemas que hasta ahora creíamos insolubles. Lo que muchos llaman “burbuja” es, en realidad, el mayor esfuerzo de capitalización de la historia de la humanidad para levantar una infraestructura que lo cambiará absolutamente todo.
Ante este escenario, quiero ser muy claro: la burbuja no me preocupa.
Para mí, el verdadero problema no es el precio de las acciones, sino quién está concentrando ese poder y cómo se está configurando una nueva oligarquía tecnológica que amenaza con dejar a la sociedad civil y a los gobiernos a la intemperie o sometidos.
El espejo de la historia: El precio de la civilización
La historia nos enseña que ninguna revolución tecnológica de propósito general ha llegado de puntillas ni con presupuestos prudentes. En el siglo XIX, el mundo vivió la fiebre del ferrocarril.
Se invirtieron fortunas ingentes, se perdieron patrimonios familiares enteros y muchas compañías ferroviarias quebraron. Desde una óptica estrictamente financiera de aquel momento, fue una burbuja devastadora. Pero cuando el polvo se asentó y los especuladores se marcharon, las vías seguían allí y permitieron el nacimiento de la era industrial.
La “burbuja” es, por tanto, el mecanismo necesario para acelerar el futuro.
Lo mismo ocurrió con la burbuja de internet a principios de este siglo. Se quemaron miles de millones en ideas que no tenían sentido, pero el capital desplegado permitió instalar los miles de kilómetros de fibra óptica que hoy sostienen nuestra economía digital. La “burbuja” es, por tanto, el mecanismo necesario para acelerar el futuro. Cuanto más capital se inyecte en IA, más rápido llegarán las soluciones médicas, energéticas y productivas. La inversión privada es el motor indispensable, y en lugar de temerla, deberíamos celebrar su audacia.
El riesgo real: La oligarquía tecnológica
Aquí es donde el debate debe dar un giro crítico. Mientras los economistas se preocupan por la volatilidad de las acciones de NVIDIA, OpenAI o Microsoft, la sociedad debería fijarse en la propiedad de estas infraestructuras. Estamos asistiendo a la consolidación de una oligarquía tecnológica: un grupo ultrarreducido de corporaciones que no solo controlan el software, sino también el hardware (los chips) y las gigantescas granjas de servidores necesarias para hacerlos funcionar.
Esta concentración de poder nos sitúa a las puertas de un nuevo “feudalismo digital”.
Esta concentración de poder nos sitúa a las puertas de un nuevo “feudalismo digital”. Si el coste de entrada para desarrollar una IA puntera es tan elevado que solo unas pocas manos pueden “jugar”, la democracia se debilita. Ya no hablamos de empresas compitiendo en un mercado libre, sino de una élite que posee los “castillos” del conocimiento y la computación, obligando al resto de la humanidad a ser simples vasallos que pagan tributo —en forma de suscripciones y datos— para acceder a la inteligencia.
La privacidad del alma: El control del dato íntimo
Esta oligarquía no solo acumula dinero, sino que está recopilando el tesoro más preciado de nuestra especie: nuestra intimidad. Hasta hace poco, las grandes tecnológicas sabían qué comprábamos. Ahora, a través de la IA, estamos entregando datos ultrasensibles en tiempo real. Cada vez que interactuamos con un modelo de lenguaje o una IA generativa, revelamos patrones de pensamiento, miedos, inseguridades emocionales y, en muchos casos, datos médicos preventivos que ni siquiera nosotros hemos procesado todavía.
¿Podemos permitir que esta información tan profunda sobre nuestra psicología y biología esté exclusivamente en manos privadas? El objetivo primario de una empresa es el beneficio del accionista, no el bien común.
Sin una infraestructura pública que garantice la soberanía sobre estos datos, la oligarquía tecnológica tendrá un poder de manipulación sin precedentes en la historia: lo tendrá absolutamente todo para ejercer un autoritarismo.
¿Dónde está el Estado en la construcción de esta nueva “red eléctrica” de la inteligencia?
Aquí es donde mi crítica se dirige al sector público. ¿Dónde está el Estado en la construcción de esta nueva “red eléctrica” de la inteligencia? Europa ha optado por un camino loable pero reactivo: la regulación. Somos líderes en establecer límites éticos con la AI Act, pero regular sin tener capacidad de producir nos convierte en un museo con muchas normas, pero sin futuro propio.
En España se han dado pasos interesantes con la creación de la AESIA (Agencia Española de Supervisión de la IA) y la voluntad de impulsar la IA en castellano. En Cataluña, contamos con el Barcelona Supercomputing Center (BSC), una auténtica joya de la corona que alberga el MareNostrum, uno de los ordenadores más potentes del planeta. Iniciativas como el proyecto Aina, para garantizar que el catalán sea una lengua de pleno derecho en la era digital, son ejemplos de soberanía necesaria.
Pero no es suficiente. El sector público no puede limitarse a ser gestor de subvenciones o cliente de la oligarquía tecnológica. Necesitamos una infraestructura pública de computación y datos tan accesible para un hospital o una PyME como lo es hoy el agua corriente. Necesitamos que el talento formado en nuestras universidades pueda innovar sobre una base pública y soberana, sin tener que ceder el control de su innovación a un gigante de Silicon Valley solo porque no dispone de suficiente capacidad de cálculo.
Conclusión: Un nuevo contrato social
El objetivo de estas líneas no es pedir prudencia en la inversión. Al contrario: pido más inversión, más audacia y mucha más velocidad. Cuanto más innovadora sea, más enfermedades resolveremos, más coches conducirán de forma autónoma y menos tiempo dedicaremos a tareas repetitivas.
La revolución de la IA es la gran oportunidad de nuestra generación para resolver los grandes retos del siglo XXI, desde el cambio climático hasta la longevidad de alta calidad.
La inversión es el motor, pero la soberanía debe ser el volante.
No podemos permitir que esta revolución sea secuestrada por una oligarquía tecnológica mientras debatimos si las acciones están demasiado caras. Mi debate no es si hay una burbuja, sino si seremos ciudadanos libres en una era de inteligencia compartida o simples súbditos de un monopolio algorítmico.
La inversión es el motor, pero la soberanía debe ser el volante. Es hora de que el sector público y la sociedad civil dejen de observar desde la barrera y empiecen a construir sus propios cimientos. El futuro no pertenece a quien más invierte, sino a quien garantiza que los frutos de esa inversión sean un bien común para toda la humanidad.