¿La educación, clave de un ascensor social averiado?

¿La educación, clave de un ascensor social averiado?
"Cambridge, MA" por ajay_suresh, Massachusetts Institute of Technology (MIT), bajo la licencia CC BY 4.0.

Este artículo ha sido escrito por Samuel Lado

Samuel Lado

Samuel Lado es investigador postdoctoral en Economía en la Universidad de Girona, especializado en desigualdad, pobreza, microeconomía aplicada, evaluación de políticas públicas, economía laboral y economía pública.

¿Cuál es el nivel de desigualdad que una sociedad puede tolerar? Esta pregunta, que no tiene una respuesta sencilla y es fuente de múltiples debates en la actualidad, ha sido planteada a lo largo de la historia por muchos intelectuales. Sin restar importancia a otras visiones sobre la desigualdad de oportunidades, en este artículo adoptaré el marco teórico desarrollado por John Rawls, quien afirma que aquellos individuos con el mismo talento y habilidades, así como el mismo deseo de emplearlos, deberían tener las mismas probabilidades de éxito, independientemente de su posición inicial en la sociedad. A partir de este marco, John E. Roemer concibe la desigualdad de oportunidades como la suma de dos factores: las circunstancias y el esfuerzo. El primero se refiere a aquellas características sobre las que los individuos no tienen control. Por ejemplo, la situación económica del hogar donde nacen, el origen inmigrante, el género y, como veremos a continuación, el nivel educativo de los progenitores. El segundo se refiere al nivel de esfuerzo que los individuos ejercen, el cual, como demuestran las últimas aportaciones en este campo de estudio, también puede estar influenciado por las circunstancias. Por lo tanto, es de esperar que dos individuos que ejercen un nivel de esfuerzo idéntico deberían obtener el mismo resultado. Estas ideas han alimentado una rama de la economía que intenta estimar, empíricamente, qué parte de la desigualdad es atribuible a las circunstancias que los individuos heredan y sobre las que no tienen control, y qué parte puede ser atribuida a las diferencias entre los niveles de esfuerzo que ejercen. Estimaciones para España indican que más de un 40% de la desigualdad observada es producto de lo que se hereda.

A partir de este marco, John E. Roemer concibe la desigualdad de oportunidades como la suma de dos factores: las circunstancias y el esfuerzo.

La desigualdad de oportunidades es un problema económico de primera magnitud. No solo impide que los individuos puedan desarrollar su potencial, sino que supone un freno a la movilidad y a la cohesión social. En resumen, la desigualdad de oportunidades constituye una amenaza para el Estado del Bienestar y pone en peligro el anhelado crecimiento económico. En este contexto, la educación se convierte en una herramienta clave para combatir este fenómeno y garantizar el éxito del ascensor social. Creo que no hace falta recordar a los lectores que la educación es un motor fundamental para garantizar el crecimiento económico sostenido, ya que aumenta la productividad y fomenta la innovación. Pero... ¿y si el nivel educativo de una persona está determinado por el nivel educativo de sus progenitores? Si esto es así, como demostraré en el siguiente párrafo, corremos el riesgo de caer en un círculo vicioso, donde la educación, clave para reducir la desigualdad de oportunidades, se ve condicionada por esta misma desigualdad y acaba perpetuando un régimen de injusticia social.

La desigualdad de oportunidades es un problema económico de primera magnitud.

Las estimaciones disponibles para España indican que el nivel educativo de los padres condiciona sustancialmente los ingresos de los hijos durante la etapa adulta. Aquellos que han nacido en un hogar formado por padres con un nivel educativo bajo tienen, de media, ingresos anuales inferiores en 4.518€ respecto a los que han nacido en un hogar con un nivel educativo alto. Una manera de paliar el efecto adverso de crecer en un hogar con un nivel formativo bajo es acceder a estudios superiores, algo que, en las últimas décadas, una proporción importante de las capas más bajas de la sociedad ha logrado gracias a las medidas adoptadas para garantizar el acceso a la educación superior. Sin embargo, este acceso no ha sido igualitario para todos los grupos sociales, y aún persisten diferencias significativas tanto en las oportunidades de acceso como en los resultados educativos.

Aquellos que han nacido en un hogar formado por padres con un nivel educativo bajo tienen, de media, ingresos anuales inferiores en 4.518€ respecto a los que han nacido en un hogar con un nivel educativo alto.

Hay muchos factores que explican las desigualdades de acceso y la disparidad de resultados. De nuevo, el papel del nivel educativo de los padres es determinante, cerrando el círculo vicioso donde la formación de los progenitores, sobre la cual no tenemos control, afecta el nivel educativo de los hijos que, a su vez, influye en sus oportunidades económicas en la etapa adulta. La figura 1, que muestra el impacto del nivel educativo de los padres sobre la educación adquirida por los hijos en la etapa adulta, ejemplifica esta idea. Los datos provienen del módulo sobre transmisión intergeneracional de la pobreza de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV), elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Como se puede comprobar, existe una marcada transmisión intergeneracional del nivel educativo. Más del 46% de aquellas personas nacidas en un hogar con padres con un nivel de estudios bajo reproducen el nivel educativo de sus padres. En cambio, se observa que la probabilidad de obtener un nivel educativo bajo habiendo nacido en un hogar con un nivel educativo alto es 40 puntos porcentuales inferior. Si bien se observa una ligera mejora a lo largo del tiempo, desafortunadamente, la reproducción del nivel educativo tiene un carácter estructural.

En este sentido, las políticas públicas orientadas a ampliar el acceso a la educación y a reducir las barreras socioeconómicas se vuelven fundamentales.

La evidencia muestra que, si queremos garantizar una sociedad más justa, es necesario detener el círculo vicioso por el cual el nivel educativo, especialmente el nivel educativo bajo, se transmite de generación en generación. En este sentido, las políticas públicas orientadas a ampliar el acceso a la educación y a reducir las barreras socioeconómicas se vuelven fundamentales. Solo de esta manera podremos reforzar el papel de la educación como mecanismo de movilidad social y reducir la persistencia de la desigualdad entre generaciones.

Figura 1: Impacto del nivel educativo de los progenitores sobre la probabilidad de adquirir un nivel educativo bajo en la etapa adulta, España, 2005, 2011 y 2019.

Fuente: Ayllón, S.; Brugarolas, P.; Lado, S. (2022). La transmisión intergeneracional de la pobreza y la desigualdad de oportunidades en España, Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030.

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